Visitamos la bella localidad de Tübingen por recomendación de una valenciana que trabajaba en un bar en Stuttgart Así que a la mañana siguiente tomamos el tren en la Hauptbahnhof (estación principal de Stuttgart) y en unos 40 minutos nos plantamos en esta idílica localidad.

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Durante el viaje coincidimos con un mejicano y su hijo de unos 8 años. Decía trabajar como traductor, que de forma autodidacta había aprendido a dominar varios idiomas. Iba a visitar Tübingen por turismo y con miras al futuro (señalando al niño) “porque su universidad goza de gran prestigio“…

Al llegar al Eberhardsbrücke, puente que atraviesa el río Neckar, nos encontramos con estas maravillosas imágenes de su orilla que nos recuerdan a la localidad belga de Brujas. Indudablemente estas casitas coloridas junto al Zwingel (resto amurallado de la ciudad medieval), las barcas, el sauce y la amarilla torre Hölderlin (al fondo) constituyen la estampa más emblemática de Tübingen.

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Al pasar el puente nos adentramos en la ciudad, y encontramos un pasadizo por el que acceder a los restos amurallados que la rodean.

Calles arriba llegamos a la plaza principal, la Marktplatz, donde tiene lugar a diario un mercado de frutas y verduras, y en la que su protagonista es el Rathaus o ayuntamiento, un edificio renacentista en el que destacan sus pinturas y su reloj astronómico. En el centro de la pequeña y coqueta plaza se sitúa la fuente de Neptuno.

Nos dirigimos a la parte alta de la ciudad. La subida se hace amena disfrutando del paisaje, sus calles y sus casitas picudas con fachadas cada cual más original.

En la cima de la colina se erige un castillo medieval, el Hohentübingen Schloss, hoy en día perteneciente a la Universidad.

Una curiosidad: la primera observación documentada del ADN se realizó en 1868 precisamente en las dependencias de este castillo. Por aquel entonces el investigador médico Felix Hoppe-Seyler tenía aquí su laboratorio y era profesor de Friedrich Miescher, el aventajado alumno al que se le debe el mérito del descubrimiento de éste ácido.

¡Qué vistas desde aquí arriba! El río, la torre de la Stiftskirche y… ¡Anda! Si por aquí también pasa el camino de Santiago…

De nuevo abajo, en el casco histórico, encontramos una original calle, la Ammergasse (callejón del Ammer) por la que discurre un regato cuyo canal está ornamentado con flores.

Siguiendo la anterior encontraremos otra calle muy concurrida, la Kornhausstrasse, que debe su nombre al edificio más importante de la misma, el Kornhaus. Se trata de una construcción del siglo XV que ha servido para varios usos a los vecinos de la localidad a lo largo de su historia (mercado, salón de actos, escuela y hasta taberna), y que hoy en día alberga el museo de la ciudad.

Como el hambre va apretando decidimos comer por esta zona. Después, cual alemanes, buscaremos una zona verde para descansar. Es curioso el gusto que tienen éstos para tumbarse en los parques,  cual lagarto al sol, en cuanto sale un rayo… El lugar elegido, el Jardín Botánico de la Universidad, cuya entrada es gratuita.

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Ya de vuelta a la estación, no quisimos perdernos  de nuevo el emblemático frontal de Tübingen, así que desde el puente de Eberhard (Eberhardsbrücke) bajamos a la isla del río Neckar, también conocida como Platanenalle, por la cantidad de árboles de plátano de la India que hay en ella. Un lugar éste, lleno de romanticismo… , en el que, para sorprender a tu pareja, no falta el detalle de las Stocherkahn, unas barquitas para recorrer el río cual góndolas en Venecia…

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Y es que, con tan bellas vistas, cómo no encontrar la inspiración …, que se lo pregunten a Friedrich Hölderlin, poeta del romanticismo cuyos últimos años pasó encerrado, aquejado de una enfermedad mental, en la torre amarilla que hoy lleva su nombre.

¿Qué os parece?  ¿Os ha gustado? A nosotros nos ha encantado.  Si habéis estado o si queréis visitarla dejadnos vuestros comentarios.

 

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