Del viaje a Senegal siempre digo que no es el que mejor nos ha salido, pero es del que más orgullosa me siento, por aquello de que es el destino más exótico y menos convencional al que hemos viajado, de momento.

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Recuerdo la primera toma de contacto con el país, cuando Mactar (nuestro guía) vino a recogernos al aeropuerto para llevarnos a La Somone… Ahí comprendí eso de que la vida en África se hace alrededor de una carretera… Me impactaron los pequeños asentamientos que se iban sucediendo a ambos lados. Al principio pensé que eran los arrabales de la capital de Dakar, pero aquel paisaje de “poblados” no cesaba…, y así hasta que me venció el sueño y llegamos a La Somone, nuestro campamento base en el Hostal Donosti.

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La Somone es un pequeño pueblo enclavado en la “Petite Côte, muy cerca de Saly, algo así como el “Varadero” senegalés. El primer día Javier, el dueño del hostal, nos enseñó donde estaba el supermercado, algún restaurante, la casa de cambio de moneda y el pequeño paraíso de La Somone, su laguna. Recuerdo como al ir llegando a la playa, antes de bajar de la furgoneta, aún en marcha, un montón de chavales negritos se arremolinaban correteando y saltando alrededor del vehículo al grito de : “¡venga, venga!, ¡venga, venga!…” Y es que Javier cuando quería despachárselos, les decía ese “¡venga, venga!” que ellos acabaron tomando como apodo…

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Playa de La Somone

Al volver al hostal nos pusimos los bañadores y tomamos camino a la playa para darnos el primer baño. Tres niñitos al vernos corrieron hacia mí y me rodearon, me cogían de las manos, tan risueños, tan alegres… Me pareció tan tierno que quise hacerme una foto con ellos “¡Milín, Milín! ¡Haznos una foto!” Noto en mi muñeca un pequeño “click“, y mi primera reacción es asustarme moviendo el brazo con fuerza. El más pequeñito de ellos me estaba haciendo un puentecito con un gancho para quitarme el reloj… ¡Qué habilidad, muchacho! Probablemente le hubiese movido la atracción por tan brillante objeto…

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Playa de La Somone
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Playa de La Somone

También visitamos el mercado. Los mercados africanos no dejan indiferente a ningún europeo. La carnicería dista mucho de lo que nosotros entendemos como tal. No hay cámaras de frío y las moscas bailan alrededor de la carne. El pescado se seca, se sazona y se especia para conservarlo mejor. Allí vimos por primera vez el aceite de palma.

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Mercado de La Somone (Senegal)
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Mercado de La Somone (Senegal)
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Carnicería en Senegal

Javier, el propietario de nuestro hostal, nos agenció como guía a Mactar, un chico jovencito y muy espabilado que de modo autodidacta había aprendido a hablar castellano a la perfección. Él veía el futuro en África y no en Europa, y no entendía porqué la gente de su país quería emigrar al “viejo continente”: “En Europa hace frío”, “En Senegal con 50.000 euros tienes la casa de un rey, allí en Europa eso no te llega a nada”… Soñaba con montar su propia agencia de viajes en su país, comprar una furgoneta y hacer rutas con turistas por Senegal.

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Con Mactar en Joal-Fadiouth

De momento había que conformarse con un modesto Renault 11 en el que, para subir y bajar la ventanilla, había que conectar a mano el cable…

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Y es que en Senegal un coche se arregla rápido, porque lo importante es que funcione, que ande y nada más… Al parecer existe una ley que impide que entren en circulación en Senegal vehículos importados de más de 7 años, pero como toda ley tiene su trampa, se les venden por piezas, y una vez allí se montan y ¡voilá! ¡un coche!

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Al lado de nuestro hostal había un “taller mecánico“. En Senegal poco se necesita para tener un negocio de este tipo, cuatro herramientas e ingenio…, ni local tan siquiera, y es que en aquellos lugares de clima tropical, estar al resguardo es lo de menos… Incluso hemos visto como un hombre salía de su casa de noche para dormir a la intemperie sobre un cartón porque se estaba más fresco…, de ahí que Mactar dijera que allí con 50.000 euros tendrías la casa de un rey…

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Taller mecánico de Senegal

Y eso ocurre con todo, allí nada se tira y a cualquier cosa se le busca una nueva utilidad, no nos extrañemos si vemos funcionar un coche con piezas de una lavadora, algo similar a lo que ocurre con los “almendrones” en Cuba.

De la mano de Mactar conocimos Joal-Fadiouth, una isla artificial formada por conchas y unida al continente por un largo puente, donde conviven en armonía católicos y musulmanes…

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Joal – Fadiouth
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Cementerio Joal – Fadiouth (zona católica)
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Cementerio Joal – Fadiouth (zona musulmana)

Recorrimos en barca parte del delta del Sine-Saloum y visitamos otro pueblo de la isla de Mar Lodj, también ejemplo de convivencia religiosa entre católicos, musulmanes y animistas.

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Delta Sine-Saloum
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Delta Sine-Saloum
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Culto animista en Mar Lodj
Iglesia Mar Lodj
Iglesia católica de Mar Lodj
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En Mar Lodj con Mactar

Con Mactar también asistimos al espectáculo bullicioso y colorista del desembarco de pescadores de Mbour, un pueblo costero cercano a La Somone en el que en cada tarde los pescadores regresan de faenar y traen su captura a la playa, produciéndose un “tótum revolútum” digno de ver…

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Desembarco pescadores Mbour
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Desembarco pescadores Mbour
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Desembarco pescadores Mbour
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Desembarco pescadores Mbour

Mactar también nos introdujo en la caótica Dakar y junto a él también recorrimos la bella isla de Gorée y en ella conocimos un triste episodio de la historia africana, aquella época en la que este lugar fue el más importante mercado de esclavos del mundo…

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Llegando a Dakar
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Mezquita de la Divinidad (Dakar)
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Isla de Gorée
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Isla de Gorée
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Isla de Gorée

Los viajes eran largos, y es que, por poner un ejemplo: aunque La Somone quedase a unos 80 km de Dakar, el lamentable estado de las carreteras podía hacer que el trayecto llevase unas 3 horas.

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Carreteras de Senegal

A veces podía hacerse un poco pesado pero también tenía su encanto… Ya os he dicho eso de que “la vida en África se hace entorno a una carretera“: siempre hay gente a un lado y a otro… Un carro tirado por caballo, un hombre chupando el palo del tamarindo y mirando a ver qué le cae del cielo, una negra con “mochila” (bebé a sus espaldas), una vaca flaca, un hombre rezando, niños correteando, una cabra, una mujer con un cesto en la cabeza… Y tenderetes, sobre todo tenderetes, muchos tenderetes, tantos que a veces la carretera pudiera parecer un interminable centro comercial en el que comprar desde frutas, hasta colchones…

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A pesar de tener un clima tropical, de temperaturas altas e intensas tormentas en los meses de verano, cada vez llueve menos (a nosotros en 10 días sólo nos coincidió una espectacular tormenta de media hora, a la que en otra media ya teníamos la ropa totalmente seca), así que hay paisajes que son auténticos secarrales, lo que hace agricultores y ganaderos tengan que desplazarse a zonas más verdes… El ganado ha aprendido a comer cualquier cosa… Llama la atención ver a una cabra se comiéndose el cartón de un paquete de tabaco. Si veis una especie de cestos plantados en el suelo, no es otra cosa más que una protección que le ponen a los árboles para que las cabras no los arranquen y se los coman.

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Las cabras andan sueltas durante el día mirando qué llevarse a la boca, pero a la noche cada una sabe cuál es su lugar y se recogen con su rebaño. En Senegal es muy común la cría de cabras. La cabra es al musulmán lo que el cerdo al católico, por decirlo de algún modo… Así es que el senegalés “ceba” la cabra y se la lleva consigo de la forma más atípica, no os extrañéis si al abrir el maletero de un coche, salta al vuelo este animal…

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Por desavenencias varias cortamos relación con Javier, el dueño del hostal Donosti, y ello llevó consigo perder a Mactar, ya que las excursiones se las pagábamos al primero… Un día tanteamos a Mactar para saber cuánto le pagaba Javier a él y cómo era la relación entre ambos, pero Mactar fue leal y no soltó prenda, sólo se limitó a decir que Javier bebía mucho… Así que maleta en mano, abandonamos el hostal, y tras una noche intermedia en el África Queen Hotel, disfrutamos del resto de la estancia en el Hotel J’aime Senegal. Lo regentaba un italiano, el Sr Rossa, casado con una senegalesa, de cuya hospitalidad nos ha quedado un grato recuerdo, sobre todo de su niña María Antonella, una pequeña muy educada y hacendosa que ayudaba a sus padres a tratar con los huéspedes, incluso a veces nos ponía el desayuno…

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J’aime Senegal
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Con MªAntonella del J’aime Senegal

Moverse por tu cuenta en Senegal no es muy sencillo. El alquiler de coche no es muy recomendable: caótico tráfico en ciudades, carreteras sin asfaltar, sobornos policiales a la orden del día y al ser turista mucho más… Como ya dijimos antes, los vehículos en Senegal no son demasiado seguros, y en caso contrario, si el coche es demasiado moderno, reza para que no tengas ningún problema porque en un pueblo perdido del interior no sabrán arreglártelo, y ya no hablemos de riesgo de asaltos y demás… Otra cosa es el alquiler de coche con conductor, que no es mucho más caro, te evitará lo anterior y te abrirá puertas. El caso es dar con la persona adecuada, como en nuestro caso con Mactar. ¿Transporte público en Senegal? Aquí no hay horario ni fecha en el calendario. Los autobuses salen cuando se llenan, ni más ni menos. Los hay de varios tipos: Ndiaga Ndiaye (blancos y grandes, realizan trayectos entre ciudades), Car Rapide (coloridos buses urbanos con capacidad para unas 20 personas, aunque eso es relativo…) y los Sept-place (híbrido entre autobús y taxi, con capacidad para 7 pasajeros).

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Car Rapide
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Ndiaga Ndiaye

Los taxis los hay oficiales (los amarillos) y no oficiales, que son la gran mayoría, en principio bastante más baratos pero corriendo riesgos, ya no sólo de timos… Eso sí, hay que cerrar precio SIEMPRE, previo regateo…

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Taxis en Senegal

En cuanto al tren, sólo existe una única línea que recorre el país desde Dakar a Mali, así que esa posibilidad ni la contemplamos…

Teniendo en cuenta lo anterior, y no siendo demasiado expertos por aquel entonces en buscarnos la vida en los viajes, decidimos, tras la ruptura con Javier, dedicarnos a disfrutar apaciblemente de nuestra estancia en La Somone, paraíso natural de manglares y aves migratorias. A pie de la desembocadura del río Somone con el mar, encontraremos un agradable chiringuito de playa que para acceder a él habrá que pasar el río en barca, o si eres muy habilidoso, puedes cruzarlo nadando, pero la corriente no te lo va a poner nada fácil… Para ello contábamos con Jean Baptiste, que cada mañana al grito de ¡¡españolo!! nos acercaba en barca a su garito y nos acomodaba en una “casetita” con tumbona y mesa para comer un rico Thieboudienne o ceebu jen, que en wólof significa arroz con pescado, plato típico de la gastronomía senegalesa.

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Chiringuito “Paradise Rasta” en la laguna de La Somone
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Chiringuito “Paradise Rasta” La Somone

El Thieboudienne lo repetimos hasta la saciedad. Recuerdo que Mactar nos llevó un día a una taberna de Saly en la que comimos los 3 por 3 euros (equivalencia en CFAs). No había agua corriente y una mujer lavaba los platos en un barreño con agua jabonosa y los aclaraba en otra… Y de beber, zumo de pan de mono, el fruto del baobab, un árbol protagonista en los paisajes de Senegal. “Hoy hacéis turismo de integración“, nos decía.

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Thieboudienne

Volviendo al Chiringuito de la laguna, éste era de un hermano de Jean Baptiste que residía entre Francia y La Somone, y tenía una familia en cada una. Así que el hombre pasaba el verano en Francia, y el “invierno” al calor en Senegal… ¡Y claro! Con ese ejemplo, normal que no entendieran cómo una pareja no tuviese hij@s: “¿Es que no sabéis cómo se hacen?” Nos decían.

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“Pipí Room” del chiringuito “Paradise Rasta”

Para recorrer la laguna se pueden alquilar piraguas, pero nosotros preferimos el paseo en barca con Jean Baptiste, quien hizo de guía por la maravillosa reserva natural. Este paraíso de manglares y arena es paradero de aves migratorias: pelícanos, garzas, flamencos, cormoranes… Entre los manglares es frecuente ver gente recolectando los moluscos que allí se crían: berberechos, ostras, etc… Resulta una buena zona para la pesca, de ahí que veamos muchos pescadores cuya presa acabe en los chiringuitos a pie de playa.

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Laguna de La Somone
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Laguna de La Somone
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Laguna de La Somone
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Baobab sagrado
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Laguna de La Somone
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Jean Baptiste

Al atardecer la playa de alrededor de la desembocadura del río se convertía en un verdadero hervidero de gente, y niños, muchos niños bañándose y correteando por la arena… Probablemente no tuviesen una vida tan acomodada como María Antonella, la niña del hotel “J’aime Senegal”, que tenía chofer para ir al colegio y bailaba el “gangnam style” que reproducía con su tablet. Los niños de la playa eran más pobres, pero muchas veces me preguntaba quién sería más feliz… No padecerían hambruna, pero el repertorio de comidas de seguro que era bastante más limitado: unas veces pescado con arroz y otras arroz con pescado…

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Playa de la laguna de La Somone
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Playa de la laguna de La Somone

Y como siempre hay un gallego en la luna, un buen día aquí nos encontramos con uno de Ourense que jugaba al balón con uno de esos niñitos. Trabajaba en Dakar y había venido a pasar el fin de semana con compañeros de otras nacionalidades… En los sitios más recónditos nos encontramos con paisanos…

Y así fueron pasando los días en la tranquila Somone, más tranquila que de costumbre pues en verano es temporada baja de turismo en Senegal… Por el día tomando el sol y disfrutando de sus playas. En las noches apenas encontrábamos ambiente, salvo un hombre y una mujer franceses con los que coicidimos varias veces en los pocos bares que había y que parecían estar interesados en intercambios de pareja con los locales…

Senegal fue nuestro primer contacto con el mundo africano, un país que poco a poco se ha ido convirtiendo en uno de los destinos turísticos más accesibles del África Subsahariana o África Negra

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Nuestro viaje a Senegal no salió como esperábamos. No vimos ni hicimos todo lo que pensábamos pero como diría el poeta portugués Fernando Pessoa: “Tudo vale a pena se a alma não é pequena“…

 

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